El viejo de la plaza
22.03.2024 / EntreAlisios
ENTREALISIOS EL VIEJO DE LA PLAZA marzo 2024 Ángel Alegre de la Rosa

Cuento de Ángel Alegre, cooperativista de EntreAlisios.

 

EL VIEJO DE LA PLAZA.

 

-Buenas tardes D. Domingo.

 

-Nos dé Dios – respondió con la sabiduría de quienes han vivido tanto que ya viven despacio y dan respuestas simples.

 

-¿Cómo se encuentra?.

 

-Bien, aquí recogiendo tranquilidad en la plaza.

 

-¿Recogiendo tranquilidad? ¡Vaya, qué curiosa expresión! se nota que toda su vida se ha dedicado al campo… Entiendo que me está diciendo que recoge lo que ha sembrado.

 

En el rostro del anciano se dibujó el esbozo de una sonrisa de medio lado. Un rostro de piel quemada por tantos años de sudor y sol. Surcado por tantas arrugas que se asemeja a un cantero recién plantado. Un rostro medio oculto por la sombra de su sempiterno sombrero de fieltro negro. Un rostro que brillaba por el reflejo del blanco impoluto de su camisa.

 

Se impuso un silencio cómplice entre ambos, ese tipo de silencio que se produce entre verdaderos amigos, no como esos silencios incómodos con personas ajenas y que deben rellenarse con palabras vacías.

 

Formaban una extraña pareja sentados en el banco. Ambos miraban a la gente que se estaba congregando en la plaza que daba entrada a un moderno edificio, cómo se iban formando pequeños grupos, uno dicharachero en el que cantaban al son de una guitarra, otro más elocuente en el que se notaba que hablaban de cosas serias, otro con los niños del barrio que jugaban con cualquier cosa formando una algarabía tan dichosa que alegraban los corazones de todos con sus gritos y risas.

 

-Es bueno ver a la gente feliz -dijo el anciano-. Esa gente cada uno con su manera de ser, todos diferentes pero se percibe que son buenos vecinos, hay algo en ellos que les une, saben que juntos son mejores. En mi juventud viví algo así en el pueblo donde nací, aunque ya había perdido toda esperanza de volver a verlo desde que me vine a vivir a la ciudad -lanzó un suspiro- hasta ahora.

 

-Creo que entiendo lo que me dice -dijo su compañero de banco-. Hoy en día hemos creado sociedades que han olvidado a las personas y las personas se han olvidado unas de otras, cada una va a lo suyo y cualquier atisbo de mala conciencia por algo rápidamente es sofocado, buscamos olvidar nuestros remordimientos y nos refugiamos en tonterías más gratificantes. Yo no conozco eso que me cuenta, vivir de esa manera, y es triste no conocerlo aunque no sé si será peor haberlo vivido y perderlo, como le ha pasado a usted.

 

Otro rato de silencio. En ese momento se acercó a ellos Cala, una de las mascotas del edificio. Se sentó frente a ellos y ladeó la cabeza con expresión curiosa. El más joven de esa extraña pareja le hizo una caricia en la cabeza y le rascó detrás de las orejas. Sabía que eso le gustaba. La perra miró al viejo, ladeó la cabeza al otro lado y dió un sonoro ladrido, a modo de saludo. Se puso de pie y corrió al grupo donde estaban los niños. Ya les saludó, había cumplido, ahora tocaba ir a divertirse.

 

-Es una buena perrita. Más inteligente que la mayoría de los animales que he conocido… y alguna que otra persona -bromeó el joven-.

 

El viejo asintió con un ligerísimo movimiento afirmativo de su negro sombrero. El rostro inmutable. Este animal le traía el recuerdo de tantos que pasaron por su vida, se acordaba de todos y cada uno de sus nombres.

 

-Los perros son como las personas, tienen su <<personalidad>> y si encuentran al humano perfecto, la fidelidad es de por vida. Ese animalito es igual que sus dueñas.

 

-¡Caramba! habla como si las conociera -dijo su compañero.

 

-Pues claro que las conozco, les conozco a todos ustedes, sé lo que hay dentro de cada uno -dijo refunfuñando-. Cada tarde les veo, día tras día, sé cómo es cada uno.

 

-¿A sí? ¡Qué descubrimiento! ¿Nos conoce? pues venga, dígame cómo somos -le retó el joven-.

 

El viejo calló durante un rato. Se cruzó de brazos e hizo un movimiento de cabeza lanzando al frente su mentón.

 

-Lo que les hace grandes es que cada uno ve lo bueno de los demás, lo que tienen en común y son capaces de no justificarse en las diferencias para aislarse o hacerse daño. Se disculpan entre ustedes de las pequeñas manías de cada cual, sin importarles demasiado, porque se preocupan unos de otros. Ese es el valor que han sabido cultivar… y no es cosa fácil.

 

El anciano se ajustó el sombrero y se arropó en su abrigo.

 

-Como te digo -continuó hablando- me he dado cuenta que ustedes siempre están pendientes unos de otros. Hacen las cosas colaborando entre todos de una manera natural, espontánea. Fíjate en este edificio donde viven. Parecía de locos lo que querían construir, la gente de aquí no dábamos un duro por vuestro proyecto y ahí lo tienes, un edificio moderno y hecho de manera que respeta nuestra tierra, o el medioambiente como dicen ustedes. Igual que eran los pueblos de mi niñez. Cada rincón está pensado para las personas que lo habitan, para la comunidad, sea cual sea la capacidad de cada uno. Ya te digo yo que viviendo ahí no tendrás una vida solitaria y ni serás un olvidado del mundo. Se cuidan de una manera tan sencilla que a los que estamos fuera también nos gustaría vivir así.

 

-Están todo el día inventando cosas para mantenerse activos, no paran -continuó explicándose el anciano-. Ayer fue una charla a las gentes del barrio sobre alimentación sana usando alimentos kilómetro cero. ¡Hasta yo he aprendido lo que significa eso!, que no es otra cosa sino que una manera muy fina y moderna de llamar a lo que es el mercadillo de los domingos de toda la vida en la plaza de la iglesia. Me gusta eso. Y todo lo compran en las tiendas de aquí, no son de gastarse las perras en esos comercios tan grandes que están a las afueras. Para mañana ya tienen preparado ver una película y luego quedarse hablando de lo que les ha parecido. Como hacíamos cuando de muchachos íbamos al cine del pueblo y luego nos quedábamos un rato en la plaza. Me invitaron para que vaya, pero yo no soy mucho de esas películas tan modernas, no las entiendo.

 

-Son buena gente -reanudó su monólogo- participan en todas las actividades del barrio colaborando con los vecinos. Cuando alguien tiene un problemilla y hace falta echar una mano, siempre algunos de ustedes están ahí. A más de uno le han ayudado a pintar la casa; ayudan gratis a los niños del barrio con las tareas de la escuela. ¡Mira el jardín de la casa de la esquina! ¿está bonito así, arreglado, verdad? sé que fueron ustedes -dijo mirando de reojo a su compañero de banco, sabía que había participado en el arreglo de ese jardín-. También me he enterado que ahora están ayudando a unos amigos que empiezan a formar un grupo como el de ustedes, aunque ellos irán a vivir en el sur de la isla.

 

Carraspeó un poco, no estaba acostumbrado a hablar tanto y mucho menos a que alguien le prestara atención. Se había acostumbrado a sus silencios a base de tantos años en soledad.

 

-¡Y qué tenderetes, amigo!. No se les escapa un día de fiesta para organizar alguna cosa y pasarlo bien. Si ustedes tienen hasta un coro, que tampoco es que canten estupendamente, pero que poco bien se lo pasan y hacen pasar a todos. Y bueno, siempre están dispuestos a compartir un vasito de vino y unas risas.

 

Otro silencio agradable.

 

-Bueno, se hace tarde, me recojo que quiero cenar y van a dar el parte en la tele.

 

-¡Que descanse, D. Domingo! -se despidió su vecino de banco.

 

Estaba tan absorto imaginando el lento alejarse del anciano, que no se dió cuenta que se le acercó Travis corriendo.

 

-¿Qué haces aquí sentado solo tanto tiempo? Llevas un ratazo enorme sin hacer nada -le preguntó el  chiquillo con las respiración entrecortada por venir corriendo.

 

-Hola pequeñajo. Nada, estaba pensando en mis cosas. Venga, vamos a echarnos una partida de futbolín, a ver si por fin soy capaz de ganarte.

 

Se dieron la mano y recorrieron la plaza cruzándose con todos sus vecinos. Estaba felíz de vivir allí, con ellos. Y sabía que cada vez que quisiera encontraría a su  anciano amigo imaginario sentado en el banco, para tener una charla, más bien una reflexión. Le estaría esperando con una pequeña sonrisa de medio lado que achicaría aún más sus diminutos ojillos azules, ocultos bajo su raído sombrero Fedora de ala ancha.

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